¿Y si el deporte fuera malo para la salud?

¿Y si el deporte fuera malo para la salud?

autoría: Mikel Bringas, 

Juan Aldaz nos tiene acostumbrados a reflexiones incómodas y en su trabajo para el libro Retos del Derecho Penal y de la Criminología ante los desafíos del cambio climático, nos mete el dedo en el ojo con verdades como puños. Su trabajo se presenta con el subtítulo de «Un análisis crítico del deporte en clave de justicia climática». Os lo resumo y al final añado algunas reflexiones-dudas que me ha generado esta lectura.

Salir a correr, ir al gimnasio o hacer una escapada a la montaña son hábitos que asociamos con una vida sana. Sin embargo, Juan revela una contradicción incómoda: la forma en que consumimos deporte en la sociedad actual está acelerando el cambio climático, generando un impacto ambiental que acaba deteriorando nuestra propia salud.

Según algunas opiniones, movernos es una necesidad biológica indispensable. Sin embargo, hemos transformado la actividad física en un producto de consumo. Esto da lugar al denominado «bucle paradójico de amplificación de la insalubridad»: cuanto más intentamos cuidar nuestra salud individual a través del deporte convencional, más emisiones y degradación ambiental generamos, empeorando la salud del planeta y, a la larga, la nuestra propia.

El circuito funciona de forma circular: para huir del calor o de la contaminación urbana, nos desplazamos en coche a la montaña o nos encerramos en gimnasios climatizados. Al hacerlo, emitimos más gases de efecto invernadero y consumimos energía masivamente, alimentando el propio cambio climático del que intentábamos escapar.

Aunque percibimos el deporte como una actividad «limpia», sus hábitos e infraestructuras tienen un elevado impacto ecológico:

  • Movilidad intensiva: millones de desplazamientos diarios en vehículo privado para ir a centros deportivos, además del impacto del turismo deportivo y los grandes eventos internacionales.
  • Gases fluorados y climatización: potente impacto de los sistemas de refrigeración en gimnasios y polideportivos cerrados.
  • Gasto de recursos: el mantenimiento de césped natural en campos de fútbol o golf exige volúmenes masivos de agua, energía y fertilizantes nitrogenados.
  • Consumo impulsivo («Decathlonización»): producción masiva de equipamiento deportivo de bajo coste y rápido desecho, fabricado con alto impacto ambiental.

El impacto del deporte no afecta a todas las personas por igual. Los colectivos con menos recursos económicos sufren una doble injusticia: tienen más barreras para acceder a la práctica deportiva y a sus beneficios, y al mismo tiempo padecen los peores efectos del cambio climático (olas de calor, contaminación) agravados por el modelo de consumo deportivo de los sectores más acomodados.

Solemos practicar deporte bajo una falsa conciencia ecológica, asumiendo que nuestro hábito es 100% verde por el hecho de realizarse al aire libre. Ante esta contradicción, es habitual recurrir a mecanismos de neutralización de la culpa:

  • Diluir la responsabilidad: «si los gobiernos no actúan, ¿qué voy a cambiar yo?»
  • Minimizar el impacto: «por un viaje en coche el fin de semana no pasa nada».
  • Apelar a necesidades superiores: «necesito ir a la montaña por mi salud mental».

Frente a la máxima olímpica tradicional del Citius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte), Juan aboga por una revolución basada en la desaceleración: «Más despacio, más bajo, más suave». Sus propuestas para una práctica deportiva sostenible:

  • Reutilizar (movilidad activa): recuperar el transporte a pie o en bicicleta para los desplazamientos diarios (ir al trabajo o a comprar) como fuente principal de actividad física.
  • Reciclar (actividad integrada): dar valor a la actividad física cotidiana (tareas domésticas, escritorios activos de trabajo) sin depender de infraestructuras hiper-contaminantes.
  • Reducir: disminuir el consumo compulsivo de material técnico y restringir los viajes lejanos de turismo deportivo.
  • Rediseñar los espectáculos: reducir la movilidad masiva en mega-eventos e innovar en modalidades de bajo impacto ecológico (como los deportes de inercia).

Vamos con las dudas que me ha suscitado la lectura.

Juan clasifica utiliza el concepto de deporte con dos categorías: rendimiento y participación. Creo que la categoría de «rendimiento» es demasiado amplia para las consecuencias que se derivan en términos de salud, ya que se afirma que «En el caso del deporte de rendimiento, la salud y el bienestar son valores que han de tratar de preservarse aun cuando la práctica deportiva de rendimiento consista en llevar al límite de sus posibilidades al cuerpo llegando a rebasar este límite en muchos casos». Creo que en el alto rendimiento esto es una realidad, pero no es extensible a todo el deporte de rendimiento. Por otro lado, creo que no es algo exclusivo del deporte. Juan, conoces bien el mundo académico, ¿no ocurre lo mismo en la excelencia académica?

Se afirma que «en el deporte de participación, en la mayoría de los casos la finalidad principal es la promoción de la salud y el bienestar de quienes lo practican» aportando datos de la encuesta de hábitos deportivos de la CAPV. Pero se ha de considerar que en ese estudio no se incluía la imagen personal como motivador de la práctica. Si se hubiese hecho quizás el resultado se modificaría.

Es de agradecer que Juan distinga en su texto inactividad física y sedentarismo como dos realidades diferentes. Ojalá se popularice este uso. Asimismo la referencia al Plan de Acción Mugiment, ojalá sea merecida con su desarrollo.

El análisis se centra en la relación entre cambio climático y deporte, pero sería bueno conocer la relación entre inactividad física y cambio climático, para poder comparar. Por ejemplo, ¿cuál es el impacto en el cambio climático derivado del incremento del uso de recursos sanitarios por inactividad física?

Habla del fenómeno de la Decathlonización. Creo que su consecuencia más nociva es el haber conseguido hacernos creer que podemos ser deportistas por el mero hecho de comprar productos deportivos, aunque nunca lleguemos a usarlos. Esto en personas inactivas es un combo explosivo.

Cita las medidas para protegernos del calor en la práctica deportiva. Me llama la atención que en el nuevo reglamento de circulación se haya eliminado la excepción que hasta ahora permitía circular en bici sin casco en situaciones de calor extremo. Quien ha aprobado esta norma me temo que no lo ha experimentado y queriendo preservar la salud ha hecho justo lo contrario. Creo que ante riesgo de golpe de calor un sombrero es mucho más importante que un casco, en especial cuesta arriba (otra excepción eliminada).

Ilustra su argumentación con el efecto de los desplazamientos a los Pirineos en esta misma cordillera. Pero no olvidemos que las consecuencias del cambio climático son mundiales, y las personas más vulnerables no son las de nuestro territorio, sino las más vulnerables de otros territorios más vulnerables.

«Así, en un contexto donde todas las recomendaciones sobre promoción de práctica deportiva prescriben hacer más deporte, cabe abogar por hacer menos deporte en algunos casos donde se supera, con creces, las recomendaciones realizadas en términos de salud por la OMS». No lo veo claro, pues si no hacemos deporte haremos algo en su lugar y quizás aún sea peor que nuestra actividad deportiva. Por otro lado, recordemos que el beneficio en salud de la actividad física no es una realidad dicotómica determinada por el cumplimiento de los mínimos recomendados, sino gradual («Every move counts»).

Me gustaría terminar con una propuesta práctica. Entiendo que tenemos la responsabilidad individual de aportar solución. Deberíamos pararnos a pensar cuál es nuestro impacto en el cambio climático como individuos. En mi caso, creo que ser padre en el primer mundo y turista son mis principales «crímenes». Lo primero no lo voy a cambiar ya. Lo segundo, que además está muy ligado con mi actividad deportiva, estoy intentando mitigarlo, aunque aún me queda mucho por mejorar.

Juan, te veré en la piscina, lo cual en una ciudad costera es una barbaridad.